No es una web, es una sacudida mental con estilo.
Abrir melones 🍈

¿Cuánto queda?: La pregunta eterna que merecería un viaje en burro

Ilustración humorística de una familia viajando: mujer mayor en burro cargado con equipaje, acompañada de familiares mirando Google Maps
Todos hemos preguntado alguna vez «¿cuánto queda?» en un viaje largo, pero tras leer esto quizá pienses que deberías recorrer el mundo a lomos de un burro. Y sin quejarte.

Spoilers del bueno

Hay preguntas que perforan el alma… y otras, como cuánto queda, que perforan los tímpanos.

Hay frases que son universales, pero pocas tan repetidas (y tan irritantes) como esta: ¿cuánto queda? Ya sea en la voz de un niño pequeño, en la de un adolescente desesperado o en la de un adulto disfrazado de paciencia infinita, la pregunta resuena en cada viaje largo como el estribillo de una canción machacona.

No hace falta tener 5 años para caer en la trampa: mi madre y yo, expertas en arte del «viaje coordinado», lo sabemos bien. Para no taladrarnos mutuamente la cabeza a cada kilómetro, solemos hacer algo de lo más tecnológico: nos ponemos el Google Maps cada una en nuestro móvil. Así, cada una puede mirar la cuenta atrás del infierno sin necesidad de abrir la boca. Tecnología al servicio de la paz mundial.

Eso sí, de vez en cuando soltamos algún comentario tipo: — ¿Cómo llevas tu cuenta atrás? — Voy en la fase de desesperación optimista. — Yo estoy en resignación total. Y seguimos. Porque cuando ves que te quedan 156 km y llevas media vida en el coche, lo que menos quieres es que alguien te lo recuerde cada 20 minutos.

Y es que, seamos sinceros, no solo vamos hasta arriba el maletero. También el coche por dentro. Más que rumbo a la playa, parece que nos mudamos. Maletas, mochilas, bolsas con toallas, sombrillas que ya no cierran bien, sillas de playa medio rotas, una bolsa con táper de filetes empanados… vamos, lo normal. Mi padre siempre lo decía entre quejica y resignado: «es que vamos siempre como un mercadillo rodante».

Antes conducía él, ahora conduce mi hermana. La banda sonora suele ir entre Rocío Dúrcal, El Dúo Dinámico, boleros, rancheras y alguna playlist moderna que intento colar de estrangis. Todo un collage musical de generaciones al volante.

La lección del día: No es que seamos impacientes. Es que la carretera dilata el tiempo. Y las expectativas de llegar convierten cualquier trayecto en una odisea de proporciones bíblicas.

Si tienes que viajar con niños, adultos hiperactivos o contigo mismo… Hazme caso: instala el Google Maps y ponles una cuenta regresiva. Te salvarás tú y salvarás la paz mundial.

Pero ojo: que tampoco se nos olvide lo afortunadas que somos.

Porque antes los viajes eran otra historia. Antes tardaban días en llegar a su destino. Días. Meses. En burro. El afortunado que le tocaba subirse al burro (en este caso, le habría tocado a mi madre), iba sentado mientras el resto iba a pata, cargando cosas, sudando la gota gorda, espantando moscas y tragando polvo de camino. Y sin Google Maps, claro. Como mucho, intuición, algún caminante desorientado y rezar por encontrar sombra.

Así que la próxima vez que estés sentado cómodamente en tu coche, piensa en esto: Tienes aire acondicionado, Spotify, asientos acolchados, cargadores USB, paradas planificadas… y aun así te atreves a soltar: «¿cuánto queda?»

Nos mereceríamos volver a viajar en burro. Con el culo dolorido, los baches, las piedras en el camino y el burro parándose cada dos metros a comerse una mata de hierba. Eso sí que sería un viaje con aventuras… y hemorroides incluidas.

Pero no. Nosotros dale que dale: «¿Cuánto queda? ¿Cuánto queda?» Si es que no aprendemos.

Seguimos sin aprender (y yo sigo mirando el mapa cada dos minutos)

He de reconocer que, aunque escriba estas cosas con humor, sigo pensando en los viajes en burro cada vez que abro el Google Maps por enésima vez… por si el tiempo se ha acortado drásticamente. Spoiler: no. Pero pronto escribiré un artículo sobre la relatividad del tiempo y cómo la única que no se desespera nunca es mi IA. Claro, ella es atemporal. Y mucho más zen que yo.

Si esto de los viajes cargados hasta el techo te suena, no te pierdas el artículo anterior, donde cuento cómo mi infancia fue básicamente un entrenamiento intensivo de Tetris real, encajando sombrillas, neveras y sillas en maleteros imposibles. Porque sí, antes de aprender a escribir… aprendí a colocar una sombrilla entre dos maletas sin romper nada (casi).

Y si te van las historias reales que parecen guiones de película, échale un ojo al día que España se fue a negro: apagón nacional, helados a 1 €, subidas épicas de escaleras sin ascensor y risas en plena oscuridad. Una crónica sudorosa y brillante que solo se entiende si la has vivido… o si te has quedado atrapada en un váter sin luz.

¿Y tú? ¿Eres de los que preguntan cuánto queda o prefieres confiar en la magia del GPS? ¡Cuéntamelo en los comentarios!

pienso luego publico Sylvia Roldán Creadora de contenidos SEO
Pienso, Luego Publico.

Soy Sylvia Roldán, autónoma salvaje, escribo sin filtros y cobro por pensar.
Si escuece, es que iba a infección.

¿Algo que añadir o soltar?

¿Pensabas que esto era todo?

Qué poca fe. Sigue abriendo melones.