Spoiler: depende del día, del espejo y de la playlist.
El acertijo del cumpleaños
El momento en que pierdes la cuenta de tus propios años
Hay días en los que tengo 17, otros en los que tengo 47, y unos cuantos en los que me siento como si llevara 123 años luchando contra el sistema, los clientes plaga y las reuniones que podrían haber sido un email, esquivando gente idiota y resucitando como autónoma de élite.
Hoy cumplo años, y como ya empiezo a perder la cuenta, he decidido inventármelos según me dé la gana. Porque si quisieron ligar conmigo llamándome fósil con 23, hoy me declaro reliquia mística, testigo de eras y superviviente del Messenger, del Nokia 3310 y de las amistades de Fotolog.
Si Google supiera mi edad por mis búsquedas, pensaría que tengo 87, 14 y 40 al mismo tiempo.
La Sylvia de antes: salvaje, loca y gloriosa
Aunque siempre me he reído y me lo he pasado genial conmigo misma, estaba muy loca.
Loca por hacer autostop varias veces, loca por practicarme una mutilación por iniciativa propia (hacerme un piercing en el clítoris, que me dejó aficionada a la bici —de calle y estática—) y a nadar sola hasta el fondo del mar imaginando que veía un tiburón.
¡Ah! Y si veía una medusa, la esquivaba y seguía nadando como si nada.
Ahora veo una medusa y me voy directa a la sombrilla como si me hubieran disparado un arpón emocional.
Y lo de nadar hasta el fondo… ahora como mucho me meto hasta el cuello y doy gracias si no hay olas.
La adrenalina se ha transformado en prudencia, y el valor temerario en sentido común (selectivo, tampoco nos flipemos).
No volvería atrás. Ni por un segundo.
Ni aunque me muera por abrazar a mi padre y a mis abuelitos.
Porque cada día me gusto más. Por dentro, por fuera y por el lado salvaje.
Y aunque me conserve muy bien (oye, lo justo es reconocerlo), el paso del tiempo se nota.
Y aunque parezca que me he vuelto sensata, en realidad solo he afinado el radar de gilipolleces.
Sigo siendo salvaje, pero con cinturón de seguridad puesto.
Antes crema de lujo, ahora… legañas
Lo mejor de cumplir años no es el número.
Es mirarme por dentro y pensar:
“Joder, cuánto he currado para ser yo.”
He soltado muchos defectos, y a los que quedan, los tengo en la diana.
No echo de menos mi antigua versión.
Pero juro solemnemente que voy a volver a echarme crema todas las noches para apoyar a la genética.
Antes era formadora de marcas de lujo y cuidaba mi piel como si me la fueran a subastar.
Ahora, como buena friki de contenidos, webs y estrategias digitales, con lavarme la cara y quitarme las legañas me vale.
Si hay agua micelar, ya es una fiesta.
La diferencia entre tener 23 años y tener un Decálogo Salvaje
Antes:
- Esperaba una hora a que se dignara a aparecer el cliente plaga.
- Tanto en lo personal como en lo profesional, me la pegaban de sorpresa con más frecuencia que los piojos en primaria.
- Dejaba entrar en mi vida a cualquiera con excusas, dramas o halagos de saldo.
- Trabajaba desde la cena hasta las 4, 5… incluso 7 de la mañana, porque pensaba que el insomnio era productividad.
- Pensaba que decir «no» era de mala educación.
- Permitía que cualquier «guapito» me intentara ligar, aunque viniera envuelto en ego y estupidez.
Ahora:
- Si el cliente plaga no aparece en 5 minutos, me levanto y me voy. Y encima sonrío. Sin segunda cita (y encima lo pongo en mi decálogo).
- Tengo radar. Los huelo. Los clasifico por tipología. Y los saco de mi vida como a los pelos de la ducha.
- Solo está quien quiero que esté. Punto. Sin drama, sin resentimiento, sin portazos.
- Me levanto antes que los pájaros, sin despertador y con salto olímpico de motivación.
- Decir «no» me ha salvado más veces que Google Maps.
- Y si un guapito se me cruza con intenciones… solo digo: «Ni bebo, ni fumo, ni follo.» Y me sigo riendo sola, como siempre.
Y ¿sabéis qué? Estoy en paz con esa evolución.
Antes me jugaba la vida por una aventura.
Ahora me la juego si no llevo protección solar FPS 50 y un táper con fruta.
Cumplir años no te da poderes… salvo que te los trabajes.
Y yo me he currado cada límite, cada filtro y cada «aquí no, bonita».
Así que sí: los años me han dado arrugas, pero también unas espaldas que ni el SEO me las tumba.
Tengo 47. Pero con mi decálogo de vida y autónoma salvaje, valgo por 128.
Cosas que hacía a los 23 y cosas que hago a los 47
| A los 23 | A los 47 |
| Autostop con desconocidos | En mi coche creando caravanas |
| Piercing DIY en zona íntima | Bragas santas de algodón como decía mi padre |
| Nadar mar adentro sola | Mojar los pies y vigilar por si hay medusas |
| Dormir donde me pillara (cementerio incluido) | Seguir mi rutina nocturna en casa |
Conclusión sobre cumplir años con humor
Los años no me han domesticado.
Me han vuelto afilada.
Me han afilado los límites, la risa y el criterio.
Ya no necesito vivir al límite para sentirme viva.
Ahora vivo con límites que elijo yo, y eso —aunque no dé para peli de acción— es mi revolución diaria.
Y ahora, con 47, estoy más salvaje que nunca.
Pero de otra forma.
Más peligrosa, porque ya no necesito demostrarlo.
Antes hablaba y luego pensaba.
Ahora pienso… y luego publico.
Otros melones sin filtro que quizás te hagan reír (o estornudar):
Si te has reído con esto de cumplir años como quien sobrevive a una batalla, prepárate para revivir otro tipo de guerra: la urinaria.
En Mear como mujer: la epopeya silenciosa te cuento lo que nunca verás en los baños públicos, pero que todas vivimos en modo ninja.
💥 Y si crees que exagero, espera a leer Macron, el bofetón presidencial y otras hostias de la vida cotidiana, donde exploro qué pasa cuando la dignidad reacciona más rápido que la razón. Spoiler: hay reflejos, sororidad violenta y ética exprés.
Y tú, ¿llevas la edad con humor o maldición?
¿Estás en modo medusa esquivada o aún haces autostop emocional?
Déjamelo en comentarios o vente a reírte conmigo.
Que cumplir años no duela… que pique, como los polvos picapica del cole que un día contaré. 😏


Me eché algunas risas 🤣🤣
Los años y la vida te enseñan a reconocer las jilipolleces de los demás y lo que es mejor y más sabio las nuestras propias!!
¡Tía! Qué alegría verte por aquí 😄
Y qué gran verdad has soltado: reconocer las gilipolleces ajenas es fácil, pero reírse de las propias es de sabias. A mí me ha costado años y algún que otro tropiezo… pero oye, ¡menuda liberación cuando aprendes a hacerlo con humor!
Gracias por pasarte y reírte conmigo. Que nunca nos falte la risa, ni la autocrítica con arte. 🥂💃