Hoy ha sido uno de esos días.
De los de levantarte, mirar al cielo y decir:
«Vale, Universo, ¿qué me tienes preparado hoy? ¿Batalla campal con las leyes de la gravedad?»
Primera misión del día: abrir la nevera.
Resultado: bote de salsa de yogur nuevecito al suelo.
Cristal gordo, por suerte. No muchos cachitos. Pero aun así, recogerlo ha sido como jugar a Jenga en modo “con babilla añadida”.
Recoger huevo del suelo es lo peor, ¿verdad?
Pues la salsa no se queda atrás.
Pegajoso, viscoso, resbaladizo.
Una coreografía digna de patinaje artístico… versión cocina.
Superado el primer reto, nos sentamos a desayunar.
La mesa, preciosa. El café, humeante.
Yo, emocionada.
¿Y qué pasa?
¡Cataplum!
Taza de café volcándose entera sobre la mesa.
Cascada marrón directa al mantel. Y a la moral.
Ahí sí que me dieron ganas de llorar, no te voy a engañar.
Pero bueno. Respiré.
Limpiamos. Reímos.
Y la vida siguió.
Pensamientos que me vienen siempre con estos desastres…
Porque cada vez que me pasa algo así, algo dentro de mí, grita:
«¡POR QUÉ NO EXISTE UN CONTROL Z EN LA VIDA REAL!»
Así, como en el ordenador: clic y borras el desastre. Adiós a la salsa, al café, a la vergüenza.
Y ya que estamos, podría existir también un Control X, para cortar directamente de algunas personas eso que sobra. Una actitud, un comentario, una costumbre con olor a rancio.
Cortar y pegar… pero lejos.
En fin, cosas que pienso mientras limpio manchas que ni con lejía emocional salen.
Lecciones del día (y de todos los días así)
- La física existe para ponerte a prueba.
- La cafetera te ama… hasta que te traiciona.
- Un desayuno mojado también puede ser un desayuno feliz si sabes reírte de él.
Porque al final, nos fuimos a la playa.
Nos reímos de todo.
Leímos artículos de bricks de leche a la familia.
Y me di cuenta de que los días torpes son solo eso: días torpes. No dramas. No excusas. Solo risas.
Y es que este no ha sido el único entrenamiento extremo que me ha dado la vida. Si alguna vez has jugado al Tetris, entenderás por qué hoy soy una experta en encajar sombrillas y toallas en maleteros imposibles. Te cuento cómo me convertí en campeona de playas en este otro despropósito maravilloso: Gracias, Tetris: así entrené desde niña para ser campeona de maleteros y playas.
Y hablando de caos y anécdotas surrealistas, ¿te ha pasado alguna vez vivir algo tan absurdo que te ríes por no llorar? Como aquella vez que unas artistas de la supervivencia nos enseñaron el verdadero arte de mangar con gracia. No me lo invento: Crónicas de unas mangantes: arte, necesidad y un par de sobrecitos de aceite es pura poesía callejera.
¿Y tú? ¿También tienes días en los que la gravedad se empeña en darte lecciones? Cuéntame tu mayor torpeza en los comentarios y hagamos un club de caídas legendarias. ¡Prometo no juzgar (salvo que hayas roto una cafetera inocente)!

