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Nos vamos a la playa… pero antes, a la guerra (doméstica)

guerra doméstica
Antes de cualquier escapada a la playa, existe una batalla secreta que pocos cuentan: la guerra doméstica. Polvo, fregonas y nervios mientras sueñas con la arena. Aquí, una historia entre risas y amor verdadero.

Spoilers del bueno

Antes de cualquier gran aventura, toca enfrentarse a otra más invisible: la maratón doméstica.

Todo empezó como cualquier día de preparación de viaje: ilusión, planes, maletas abiertas…
Pero en mi casa, eso significa también desencadenar una guerra sin cuartel contra el polvo, la cocina, los baños y hasta la mota más pequeña que se atreva a existir.

Mientras mi madre limpiaba a fondo,
yo intentaba terminar varios trabajos pendientes —cosas de ser autónoma— antes de permitirme esos cinco días de descanso (o algo que se le pareciera).

Mi madre vale más que el oro.
La amo con toda mi alma.

Porque si algo tengo claro es que todo lo que hace,
lo hace desde el amor más profundo, aunque a veces venga envuelto en polvo, fregona y cara de sargento.

Así que, en medio de aquella guerra doméstica,
me dediqué a esquivar trapos, cubos y escobas como si fuera un juego de supervivencia.
Ella, firme en su misión, sin piedad para las bacterias.
Yo, firme en la mía: terminar correos, artículos, preparar automatizaciones…

Eso sí: cada vez que conseguía moverme del escritorio a la cocina,
podía encontrarme la escena de una mujer de 72 años,
pelito blanco lisito, bailando con la fregona como si no hubiera mañana.

(Lo de bailar no es una metáfora: mi madre limpia al ritmo de la radio, aunque no le guste la música moderna. Pero claro, a falta de Los Brincos en el dial, algo hay que hacer).

El mataviejos de las vacaciones

La organización del viaje tampoco fue moco de pavo.
Mi madre y mi tía viajaban en autobús con el programa del Imserso (una especie de programa para jubilados en España, para que disfruten vacaciones económicas).

Todo perfecto hasta llegar a la playa:
su hotel, concertado, quedaba en lo alto de la Cuesta del Infierno.

Cada paseo a la playa y cada regreso suponía una pequeña etapa del Tour de Francia.
Mi tía, directamente, un día decidió no subir a comer:
se quedó en la playa comiéndose un bocadillo.

En casa lo llamamos ya cariñosamente «el hotel mataviejos»,
porque vaya tela con la cuesta.

Amor, prisas y caos: la receta infalible

Y a pesar de todo:
de la fregona loca,
del polvo invisible,
del tiempo justo,
de los correos que faltaban,
de la cuesta asesina,
de las prisas mal llevadas…

A pesar de todo eso,
cada momento, cada risa y cada pequeño caos merece la pena.

Porque no hay nada más bonito que mirar a quien amas,
ver todo lo que hace por ti, y saber que si bien no tenemos el control sobre la vida,
sí tenemos la suerte de vivirla con quienes más queremos.

Si vienes con hambre de historias reales, sigue leyendo: en el siguiente capítulo, descubro el poder transformador del pan duro (y no es una metáfora espiritual, es de San Antón).

La autenticidad es un espectáculo diario que escasea.
¿Tienes tu propia “guerra doméstica” antes de las vacaciones? Cuéntamela y nos reímos juntos.


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Soy Sylvia Roldán. Pienso ideas, posiciono contenidos y convierto marcas con melones en negocios con más vías de ingresos.

Sylvia Roldán ilustrada como avatar estilo Kill Bill con mono amarillo, katana y parches de estrategia, creadora de contenidos SEO en Pienso Luego Publico.
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