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Yo gano vestida (y otras verdades sobre complejos, cuerpos reales y autoestima de guerrilla)

Ilustración de una mujer sudando mientras hace abdominales en su habitación, siguiendo un vídeo de ejercicios de Cindy Crawford en una televisión antigua.
Si alguna vez pensaste que para gustarte tenías que ser perfecta, este artículo es para ti. Con humor, verdades sin filtro y mucho amor propio del de guerrilla.

Spoilers del bueno

Si alguna vez pensaste que para gustarte tenías que ser perfecta, necesitas conocer el lado salvaje de la autoestima real.

No estoy gorda.
Peso 48 kilos.
Pero nací con piernas finas, culo generoso y un cuerpo que, según el espejo y mi sentido del humor, es un poquito asimétrico.
Vamos, que vestida gano mucho.
Y punto.

¿Sabes qué?
Durante años pensé que eso era un problema.
Que había cuerpos “perfectos” y cuerpos “arreglables”.
Que tener el culo un poco más revolucionado que las piernas era motivo suficiente para esconderse detrás de una toalla o elegir vaqueros estratégicos.

Hasta que un día me di cuenta:
¿Qué mierda estoy haciendo?

Porque mientras yo me rayaba por si una pierna era más flaca que la otra,
hay personas que no tienen pierna.
O no tienen ojo.
O no tienen salud.
Y aun así se levantan, luchan, ganan medallas olímpicas y le dan mil vueltas a media humanidad quejica.

Así que sí:
Yo gano vestida.
Pero también gano en carcajadas.
En historias que contar.
En haber aprendido que mi cuerpo no es un decorado, es mi vehículo de aventuras.

Cómo me reconcilio con mi cuerpo: la saga de Cindy Crawford

Mi reconciliación con mi cuerpo no vino de un coach motivacional, ni de un retiro de yoga, ni de una charla de TikTok.
Vino de Cindy Crawford.
Y de una revista Superpop.

Corría la época en que las redes sociales eran ciencia ficción y el mayor tesoro que podías encontrar era una cinta de VHS pegada al cartón de una revista adolescente.
Y ahí estaba: Cindy Crawford y su serie de ejercicios para tener un cuerpo de diosa noventera.

Me la compré.
La metí en el vídeo.
Y empecé.

Luego, como todo en la vida, lo dejé una temporada, luego volví, luego volví a dejarlo…
(el clásico gimnasio mental: empiezo, abandono, me flagelo, regreso).

Pero cada vez que vuelvo, pasa lo mismo:
Me tiro en la esterilla, pongo el vídeo (ahora en YouTube, bendito YouTube),
y de repente Cindy dice, sonriendo como si la vida fuera una feria:

«¡Y ahora, mi ejercicio favorito: abdominales!»

Y yo, mirándola desde el suelo, con sudor en la frente y odio en el alma, pienso:
«Sí, claro, Cindy. Tu favorito. Y yo aquí muriéndome, hija de tu madre.»

Pero lo hago.
Porque entre risa y queja, los ejercicios son buenísimos: trabajan todo, son eficaces, y encima tienes a un entrenador explicándote dónde colocar la espalda, el cuello, los brazos…

(Bueno, los brazos a veces me los salto, que tampoco soy Wonder Woman.)

Y poco a poco, gracias a Cindy, al humor y a la constancia a ratitos,
he moldeado este cuerpo asimétrico, pero glorioso que ahora habito con orgullo.

Y no será perfecto, pero es mío. Y me lleva donde quiero.

Epílogo canalla: encantada de haberme conocido (y que me quiten lo bailao)

Siempre he estado encantada de haberme conocido.
Y no es falsa modestia, ni autoayuda de libro de aeropuerto: es una verdad como una catedral.

Mi culo me gusta.
Mi cara también.
Y mi forma de ser me tiene enamorada, porque sigo cada día intentando mejorar por dentro, crecer, aprender, evolucionar, pero sin perder mi esencia, mi chispa y mi forma única de ver el mundo.

¿Que si me hubieran dejado diseñarme el cuerpo habría pedido otras instrucciones de montaje?
Puede ser.
Unas piernas menos flamencas, un culo menos revolucionario, vete tú a saber…

¿Pero mi cara de pillina? Jamás.
Esa se queda como está.

Y si algo he aprendido es esto:

Todos tenemos algo único y valioso.
No hace falta ser perfectos.
La perfección es una fotocopia sin alma.
La autenticidad es un espectáculo diario que escasea.

Y yo no pienso dejar de ser espectáculo, aunque sea uno en zapatillas, en chándal y a carcajada limpia.

Brindemos por los culos imperfectos, las almas imparables y los días vividos sin filtro.

Y si los días torpes también te suenan, no te pierdas esta crónica tragicómica de cafés derramados y leyes físicas cabreadas. Porque la autoestima también se entrena entre babillas y carcajadas.

Confiesa: ¿cuál es tu «desperfecto» glorioso?

Aquí no venimos a vender perfección.
Aquí venimos a reírnos de nuestras rarezas, a quererlas y a lucirlas como medallas.

Así que, venga:

¿Qué «fallito» o «locura» hace que seas inimitable?

Cuéntamelo en los comentarios.
Prometo aplaudirlo como se merece.

(Porque ser imperfecto no es un defecto: es el superpoder más escaso que existe.)

Comparte este artículo con tu tribu imperfecta, esa que baila, tropieza, se levanta y se ríe. Porque juntas, ganamos vestidas, despeinadas y sin pedir permiso.

pienso luego publico Sylvia Roldán Creadora de contenidos SEO
Pienso, Luego Publico.

Soy Sylvia Roldán, autónoma salvaje, escribo sin filtros y cobro por pensar.
Si escuece, es que iba a infección.

¿Algo que añadir o soltar?

¿Pensabas que esto era todo?

Qué poca fe. Sigue abriendo melones.